Viernes, 24 Febrero 2017 14:51

La paritaria docente: ¿un choque inevitable?

Estamos acercándonos a la recta final de la paritaria. Como en el famoso relato de Gabriel García Márquez, pareciera que el final ya está escrito. Habrá paro.

¿Es así? ¿Es inevitable? Algunos esperanzados, entre los que me cuento, pensamos que quizás haya un pequeño margen para que eso no ocurra.  Es cierto que los trenes se ubicaron en el arranque lo más lejos posible, largándose a la carrera sobre las mismas vías en sentido contrario. Pero son conscientes de que el choque los perjudica a ambos.

El gobierno de María Eugenia Vidal no puede arrancar el año político/electoral sin clases. Las encuestas ya dicen que no es invulnerable, y la oferta del 18 % es difícil de sostener en público luego de los aumentos de gas y luz, los peajes, el transporte, la nafta, y los famosos “errores” corregidos.

Los gremios también tienen su desgaste. Una parte de la comunidad los hace responsables de la pérdida de alumnos en la educación pública y de una calidad educativa que cae.

Esta situación obliga a las partes a asegurarse algún tipo de espacio para el acuerdo. El levantamiento del paro de la bancaria puede ser una buena señal. También el reciente discurso presidencial donde Macri dio a entender que si ve el abismo, no está loco como para seguir adelante, rápidamente pone reversa o por lo menos frena.

Sin embargo, a pesar de la espectacularidad de los discursos,  siguen pendientes las transformaciones de fondo que el país necesita en el campo educativo: la jornada extendida, la actualización en la formación de los docentes, el servicio alimentario escolar, la evaluación de las escuelas, la infraestructura escolar, la vinculación entre secundaria y trabajo, entre algunos otros.

La reciente designación en Estados Unidos de la nueva Secretaria de Educación, Betsy DeVos, podría servirnos como aviso de las tendencias que buscan instalarse a nivel mundial. Esta multimillonaria que recibió una ajustada designación en el Senado americano – donde el vicepresidente, Mike Pence, tuvo que desempatar para lograr su designación – es una defensora de la educación privada, una adalid de las escuelas “charter” (esta suerte de privatización de la escuela sostenida paradójicamente por el Estado) en su Michigan natal, donde éstas ya alcanzan el 80% de los servicios educativos. No seamos ingenuos, y tampoco nos dejemos llevar por el discurso seudoproteccionista de Trump. La ola neoconservadora no se anda con sutilezas. Alcanza con ver el conjunto de designaciones del presidente norteamericano para identificar una clara delimitación ideológica.

Muy lejos de eso está nuestra educación pública, impulsada por la generación del 80. De referencia mundial y predicamento en toda la región, fue un instrumento clave en el proceso de constitución de una cultura nacional, de un proyecto de desarrollo y de un ideario igualitario. Fue la base que luego permitió, en el siglo XX, otro conjunto de debates en torno a la participación ciudadana, la redistribución de la riqueza, la soberanía política, las libertades públicas y la instauración de un Estado de derecho. El siglo XXI nos depara nuevos desafíos: el multiculturalismo, la igualdad de género, la lucha contra el narcotráfico y el consumo de drogas,  el desarrollo de una conciencia sobre la economía sustentable, además de las necesidades de aprendizaje básicas como leer y escribir, sin las cuales son impensables las anteriores.

Es mucho lo que la escuela puede hacer por la formación de los ciudadanos de este siglo.  La clave es saber distinguir el árbol del bosque y no cejar en el empeño. No hay otra revolución posible que la del conocimiento ni otro poder más democrático que ese.

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